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Un barómetro para el crecimiento espiritual


1 Corintios 13.11-13


11 Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.

12 Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.

13 Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.


Ya que nuestro Padre quiere que maduremos en la fe,  debemos examinar nuestra vida para ver si estamos progresando en este aspecto. El crecimiento físico es bastante fácil de evaluar; todo lo que se necesita es una cinta métrica. Pero, ¿cómo  podemos saber si estamos creciendo espiritualmente? Comencemos por considerar cómo se desarrollan los niños.


Deseos. ¿Ha notado que los juguetes de su infancia ya no le interesan? El proceso de maduración también cambia nuestros deseos en el ámbito espiritual. Cuando estamos creciendo, los placeres del mundo pierden su atractivo, mientras que nuestra hambre por Dios y su Palabra aumentan. Estamos ansiosos de estar con Él y compartir con otros lo que está haciendo en nuestra vida.


Entendimiento. Cuando usted era un niño, su percepción del mundo era muy limitada. De la misma manera, nos falta entendimiento espiritual cuando somos creyentes nuevos. Pero, con el tiempo, comenzamos a ver la vida desde la perspectiva de Dios. Las pruebas y las tentaciones se convierten en oportunidades de crecimiento, y el servicio al Señor llega a ser un honor en vez de una carga.


Abnegación. La señal más evidente de la inmadurez de un niño es su egoísmo. ¡Quiere lo que quiere, y lo quiere ya! Espero que usted ya no actúe de esa manera. Un creyente maduro es sumiso al Señor y se interesa más por los demás que por sí mismo.

La mayor evidencia de madurez es el amor. Cuando el Señor y otras personas tienen el primer lugar en nuestro corazón, es entonces cuando más nos parecemos a Cristo.

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