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Semejantes a Cristo


2 Pedro 3.17, 18


17 Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza.

18 Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.


Dios tiene un plan para cada creyente,  y la salvación es solo el primer paso. Él quiere que sus hijos desarrollen una estrecha similitud familiar, y el Espíritu Santo está a cargo de transformar a cada uno a semejanza de Cristo.


En el momento que confiamos en Cristo como Salvador personal, nacemos de nuevo y nos convertimos en bebés recién nacidos en un sentido espiritual. Una característica de un recién nacido es su ansia por la leche, y lo mismo es cierto espiritualmente. Los nuevos creyentes necesitan el alimento continuo de la Palabra de Dios para crecer en santidad, gracia y conocimiento de Cristo.


Al leer y meditar en las Sagradas Escrituras, el Espíritu Santo reemplaza nuestros antiguos pensamientos y deseos por una mentalidad centrada en Dios y en nuevos anhelos de santidad. En vez de vivir para complacernos, nuestro deseo será glorificar a Dios mediante la obediencia.


Como cualquier niño en crecimiento, tropezaremos de vez en cuando al ceder a la tentación. Sin embargo, nuestro Padre celestial nos ha dado el privilegio de la limpieza por medio de la confesión de los pecados (1 Jn 1.9). Él también ejerce una disciplina amorosa revelando actitudes, conductas y prácticas que le desagradan. Su corrección es siempre para ejercitarnos y producir en nosotros el “fruto apacible de justicia” (He 12.11).


En ningún momento somos abandonados o rechazados por nuestro Padre celestial. Vela por cada paso que damos, escucha nuestras oraciones, nos consuela y anima a amar y obedecer su Palabra. Promete que llegaremos a ser semejantes a Cristo el día que lo veamos en el cielo (1 Jn 3.1-3).

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