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Recuperación después de las caídas


1 Juan 1:5-9 Reina-Valera 1960 (RVR1960)

Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.

Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad;

pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.

Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.


Ya sea que se haya convertido hace poco o que haya seguido a Cristo durante muchos años, sin duda ha descubierto que la vida cristiana es una serie de altibajos. Pero, la verdad es que no seremos derrotados, pues Cristo venció el pecado y la muerte por nosotros en la cruz. No obstante, la Biblia nos advierte que no nos rindamos a los deseos pecaminosos de nuestra carne; que no nos conformemos a este mundo; que no nos dejemos engañar por las tretas y mentiras del diablo.


Puesto que no estamos libres del todo de las malas influencias a nuestro alrededor, el Señor nos ha provisto una manera de recuperarnos después de las caídas. Dicha manera se llama confesión, e implica humillarnos, decirle a Dios lo que hemos hecho, y reconocer delante de Él nuestro pecado. Entonces, Dios promete perdonarnos y limpiarnos para que podamos ser restaurados a la comunión con Él (1 Jn 1.9). Lo mejor de todo es que no estamos solos en esta batalla contra el pecado.


Tenemos al Espíritu Santo de Dios, por quien hacemos morir las obras de la carne (Ro 8.13).Tenemos la Palabra de Dios, por la cual crecemos para salvación (1 P 2.2).Tenemos la gracia de Dios, que nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a vivir con rectitud (Tit 2.11, 12).Tenemos la promesa de Dios de que perfeccionará la buena obra que comenzó en nosotros (Fil 1.6).


Cuando peque, piense en la confesión al Señor, no como una obligación terrible, sino como un misericordioso regalo de Dios. Aproveche este privilegio sin avergonzarse, sabiendo que la restauración está al otro lado.

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