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Nuestro hogar rico en la gracia de Dios




Efesios 1.11-14


11 En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad,

12 a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo.

13 En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,

14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.


Debido a la gracia de Dios, somos ricos. Ninguna cantidad de riquezas terrenales puede compararse. En la salvación, Dios...


Nos liberó del poder del pecado. Aunque nuestra condición permanece, ya no nos gobierna. Como nuevas criaturas donde habita el Espíritu de Dios, tenemos su poder para resistir la tentación y obedecer.


Nos unió con nuestro Salvador. Desde el primer momento en que creímos, hemos estado viviendo en Cristo y Él ha estado viviendo en nosotros. Por lo cual, estamos sellados en Él por el Espíritu Santo.


Nos hizo parte de su familia. Dios se ha convertido en nuestro Padre, y nosotros en sus hijos. Nuestra familia espiritual se extiende por todo el mundo.


Nos trasladó al reino de la luz. El reino de las tinieblas, que incluye este mundo y a todos sus habitantes no salvos, está bajo el dominio de Satanás. (Véase Hechos 26.18). Cuando alguien recibe a Jesucristo como Salvador, su hogar se convierte en el reino de luz (Col 1.12, 13). A partir de ese momento, esa persona es un ciudadano del cielo llamado a servir como embajador de Cristo (2 Co 5.20).


Nos dio una herencia eterna. Las preciosas promesas de la Biblia son parte de nuestro derecho de primogenitura. Más nos espera en el cielo, donde ese derecho no puede desvanecerse ni contaminarse (1 P 1.4).


Comenzó el proceso de santificación. Santificar significa “separar para el uso de Dios” y “hacer santo”. Con nuestra cooperación, el Espíritu Santo actúa para transformarnos a la semejanza de Cristo.


Cuando la vida le presione, piense en las riquezas de la gracia divina. El desaliento desaparecerá, y el gozo espiritual tomará el control.

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