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Nuestro destino eterno



Lucas 16.19-26


19 Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez.

20 Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas,

21 y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas.

22 Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado.

23 Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.

24 Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama.

25 Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado.

26 Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá.


Todos somos seres eternos porque fuimos hechos a la imagen de Dios (Gn 1.26). Después de la muerte física, nuestro espíritu vivirá para siempre. El lugar donde residiremos —el cielo o el infierno— dependerá de si hemos aceptado o rechazado a Cristo como nuestro Señor y Salvador personal.


La Biblia enseña que todos hemos pecado y merecemos un castigo (Ro 3.23; 6.23). No hay nada que podamos hacer para ganar el perdón de Dios. Por eso nuestro Padre celestial envió a su Hijo Jesús a tomar nuestros pecados sobre sí y experimentar el castigo en nuestro lugar. De esa manera, llegamos a ser parte de la familia de Dios y nos espera la eternidad con Él en el cielo. Su único requisito para esta bendición asombrosa es que reconozcamos que somos pecadores necesitados de un Salvador, y que creamos que Cristo murió para salvarnos (Ro 10.9, 10). Quienes rechacen a Cristo pasarán la vida después de la muerte separados de Él, pero quienes crean vivirán con Él para siempre.


Cada persona, al final, vivirá en el cielo o en el infierno, los cuales son lugares reales descritos en la Biblia. En el cielo, nunca más conoceremos el dolor, la tristeza ni las lágrimas (Ap 21.4). Pero el infierno es lo opuesto. Es un lugar de castigo; la escena es de agonía y tormento interminable. El pasaje de hoy ilustra esta dura realidad.


El castigo eterno y la realidad del infierno nunca son temas fáciles de considerar, pero son de vital importancia porque sucederán. No permita que sus sentimientos le alejen de las verdades registradas en las Sagradas Escrituras. Por el contrario, preste atención a las advertencias, y asegúrese de que está yendo rumbo al cielo.

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