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Nuestra cita celestial



2 Corintios 5.1-10


1 Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos.

Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial;

pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos.

Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida.

Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu.

Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor

(porque por fe andamos, no por vista);

pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor.

Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables.

10 Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.


Cada tictac del reloj nos acerca un segundo más a nuestra cita celestial con el Señor Jesús. Como creyentes en Cristo, algún día nos presentaremos ante Él para dar cuenta de la manera en que vivimos. En ese momento seremos responsables de nuestras acciones y recompensados por las decisiones que tomamos mientras estábamos en este mundo, ya sean buenas o malas (2 Co 5.10).


Este no es un juicio de condena. En la salvación, cuando reconocimos a Cristo como nuestro Salvador, toda la culpa nos fue quitada (Ro 8.1). Al tomar nuestro lugar en la cruz, Jesucristo experimentó la ira de Dios contra nuestra iniquidad (1 P 2.24). Como resultado, el castigo por nuestro pecado ha sido pagado por completo.


Cuando estemos ante nuestro Señor, Él determinará cuáles de nuestras elecciones estuvieron de acuerdo con su voluntad. Cada acto de obediente servicio, ya sea grande o pequeño, será recordado y recompensado. Al mismo tiempo, creo que habrá lágrimas cuando nuestro egoísmo e injusticia sean considerados.


Colosenses 3 nos da una idea de quiénes debemos ser, y de cómo quiere Dios  que vivamos: nuestras mentes deben estar enfocadas en las cosas de arriba, no en las terrenales (Colosenses 3.2). Y debemos deshacernos de ira,  malicia y calumnia, para revestirnos de misericordia, bondad y paciencia (Colosenses 3.8, 12).


Ya que el Señor nos hace responsables de nuestras acciones, es vital que reemplacemos los actos impíos por caminos justos. Cuando enfrente decisiones a diario, busque la guía bíblica y el consejo piadoso. Después, reflexione sobre qué decisiones le agradarían a Dios.

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