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Nadie es justo



Romanos 3.19-28


19 Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios;

20 ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.

21 Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas;

22 la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia,

23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,

24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,

25 a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,

26 con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

27 ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe.

28 Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.


Mucha gente piensa que el tratar de tener una vida recta les garantiza un boleto al cielo. Pueden decir cosas como: “Soy una buena persona; no robo, no miento, no engaño y no cometo adulterio, como otras personas. Nunca he estado en prisión, y siempre trabajo duro y contribuyo a la sociedad. Entonces, ¿por qué no debería merecer ir al cielo?”. Observe que el enfoque está en “lo que yo hago”.


En verdad, esta es una mentira del enemigo para engañar a la gente. Dios no acepta a nadie basándose en obras, y la razón es sencilla: la salvación no depende de nada que podamos lograr. Nada de lo que hagamos puede ganarla. Somos salvos solo sobre la base de lo que Cristo logró cuando murió en nuestro lugar para hacernos libres del poder del pecado y de la muerte. De eso se trata la salvación.


Para conocer de verdad al Padre celestial, necesitamos estar bien con Él. Sin embargo, ninguno de nosotros es justo por mérito propio. Todos hemos pecado una y otra vez, no solo en palabras y hechos, sino también en las contemplaciones de nuestro corazón. No podemos jactarnos de justicia, incluso si pudiéramos hacer alarde de nuestras “buenas obras”. Pero en la cruz, Cristo se estaba haciendo cargo de nuestro pecado, no de nuestras obras.


Vinimos a este mundo como pecadores, separados del Creador por nuestra naturaleza egocéntrica. Jesucristo, por su gracia, tomó el castigo que merecíamos cuando fue a la cruz como nuestro sustituto. De esa manera, hace posible que todos los que confían en Él sean justificados. Al recibirlo como el Salvador, cualquiera puede comenzar una nueva vida como hijo de Dios (Jn 3.16; Ef 2.4-9).

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