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¿Me amas?


“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28)


“A los que aman a Dios…”


Un día le hicieron esta pregunta a Jesús: ¿Cuál es el mandamiento más grande? Él respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Éste es el principal mandamiento” (Marcos 12:30).


Amar a Dios con todo el corazón significa amarle con tus sentimientos y con todo tu afecto. Es similar a una relación de amor, en la que abrimos nuestro corazón. “Yo soy de mi amado, y mi amado es mío; Él apacienta entre los lirios” (Cantares 6:3).


Amar a Dios con toda el alma es amarlo con el deseo de estar en Su Presencia, de estar unido a Él. “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” (Salmo 42:2).


Amar a Dios con toda la mente es amarle poniendo tus pensamientos en Él. “En mi lecho me acuerdo de ti; pienso en ti toda la noche” (Salmo 63:6).


Amar a Dios con todas las fuerzas es amarle con perseverancia. “A fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas…” (Hebreos 6:12).


Dios conoce nuestras debilidades, nuestros errores, nuestras faltas… pero Él busca nuestro amor. Cuando Pedro negó a Jesús, Él le preguntó por tres veces “Pedro, ¿me amas?” “Pedro, ¿me amas?” “Pedro, ¿me amas?”


Hoy, querido(a) amigo(a), Jesús te hace la misma pregunta: “¿Me amas?” Que, al igual que Pedro, puedas responderle: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo” (Juan 21:17).


La respuesta de Jesús a esta confesión de Pedro fue: “Apacienta mis ovejas”. Y Pedro, de hecho, fue un instrumento de Dios para edificar la iglesia.


Como le ocurrió a Pedro, ¡un destino extraordinario espera a los que aman a Dios!



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