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La fuente de nuestra fortaleza


Hechos 1.1-8


1 En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar,

hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido;

a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.

Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí.

Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.

Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?

Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad;

pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.


¿Cuántas iglesias sienten el poder de Dios en medio de ellas? Un peligro que enfrenta cada congregación es la tentación a confiar en el esfuerzo y las estrategias humanas. Sin embargo, “si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Sal 127.1). Por lo tanto, debemos determinar si el ministerio y el alcance de la iglesia están facultados por el Señor o por algo más.


Dios es la única fuente de poder en la Iglesia, quien trabaja a través de tres medios específicos:


Su Espíritu (Hch 1.8). La Iglesia de Jesucristo comenzó el día en que el Espíritu Santo descendió y habitó en aquellos que creyeron en Él. La obra del Espíritu en y a través de la Iglesia es la única razón por la cual podemos obedecer el mandato de Cristo de hacer discípulos. Por eso Hechos 2.47 (NVI) atribuye todo el crecimiento de la Iglesia a Dios: “Y cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos”.


Su Palabra (Ro 1.16). El evangelio es el poder de Dios para salvación; sin él, nadie sería salvo. Pero el Señor también usa su Palabra para santificar a los creyentes, así como Cristo oró en Juan 17.17. La Biblia es nuestra fuente para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia (2 Ti 3.16, 17).


Su gracia (1 Co 15.10). El favor inmerecido de Dios no es solo el medio de nuestra salvación; es también  el poder en nuestro ministerio. Su gracia incluso nos enseña a renunciar a la impiedad y a vivir en obediencia al Señor (Tit 2.11, 12).


¿Siente el poder de Dios obrando en estas tres áreas de su iglesia? En su vida, ¿son el Espíritu, la Palabra y la gracia de Dios la fuente de su fortaleza y crecimiento espiritual?

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