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La cruz: Un despliegue de gracia


Romanos 3.21-27


21 Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas;

22 la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia,

23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,

24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,

25 a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,

26 con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

27 ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe.


En el Calvario, el Señor mostró su gracia para que todo el mundo la viera. La cruz representa su santidad y amor. Desde allí, derramó misericordia sobre gente que no la merecía: toda la humanidad, incluidos usted y yo.


Nuestro Dios santo es tan perfecto que ningún hombre o mujer puede mirarlo y después vivir (Ex 33.20). El problema tiene que ver con nuestra naturaleza pecaminosa: todos tenemos el deseo innato de rebelarnos contra su autoridad (Ro 3.10). Cualquiera que piense de otra manera se engaña (1 Jn 1.8). Es importante entender que Dios odia el pecado. Él no puede dejar que el mal permanezca en su presencia, por lo cual pronunció una sentencia de muerte sobre los pecadores (Ro 6.23).


Pero las Sagradas Escrituras también nos dicen que Dios es amor (1 Jn 4.8), y desea que todos pasemos la eternidad con Él. Sin embargo, eso no anula el problema de nuestro pecado y el castigo que merecemos.


El Señor no puede violar su propia naturaleza. Aunque Dios ama a la humanidad, su santidad se vería comprometida si permitiera la inmundicia del pecado en su presencia. Así que el Padre hizo un camino para limpiar los corazones sucios y transformar las vidas descarriadas: puso el pecado de toda la humanidad sobre los hombros de Jesucristo.


El Padre envió a su Hijo santo para ser un sacrificio perfecto a nuestro favor. En otras palabras, Cristo tomó nuestro pecado sobre sí y murió en la cruz en nuestro lugar. Al confiar en Él como nuestro Salvador, recibimos su perdón y somos hechos nuevos (2 Co 5.17). Desde entonces, nuestro Padre nos ve como santos, perfectos y bienvenidos en su presencia.

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