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La adquisición de sabiduría


Proverbios 4.20-27


20 Hijo mío, está atento a mis palabras; Inclina tu oído a mis razones.

21 No se aparten de tus ojos; Guárdalas en medio de tu corazón;

22 Porque son vida a los que las hallan, Y medicina a todo su cuerpo.

23 Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida.

24 Aparta de ti la perversidad de la boca, Y aleja de ti la iniquidad de los labios.

25 Tus ojos miren lo recto, Y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante.

26 Examina la senda de tus pies, Y todos tus caminos sean rectos.

27 No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; Aparta tu pie del mal.


La fuente más obvia de sabiduría divina es la Biblia. Allí encontramos los principios del Señor para el correcto proceder, carácter y conducta que se aplican a las situaciones y decisiones a las que se enfrenta todo ser humano.


Todos somos capaces de recordar momentos en los que no reaccionamos con sabiduría. Esos incidentes se pueden remontar a una de dos posibilidades: o no conocíamos cierto principio bíblico, o conocíamos el principio aplicable, pero decidimos ignorarlo. Para asegurarnos de que estamos familiarizados con las normas de Dios y con la importancia de obedecerlas, tenemos que pasar tiempo leyendo y entendiendo su Palabra.


Por ejemplo, suponga que entra a la oficina y un compañero de trabajo le agrede verbalmente achacándole responsabilidad por un error costoso que usted no cometió. Su carne y el mundo le harían reaccionar con ira y malicia. Pero Lucas 6.27-29 ofrece un enfoque diferente, que podría ser algo como esto, dicho con amabilidad: “¿Hay algo más que quieras decirme? Gracias por comunicarme cómo te sientes al respecto”.


El conocimiento viene de aprender principios bíblicos; la sabiduría tiene que ver con su aplicación. El Señor nos advierte que guardemos su Palabra en nuestro corazón y en nuestra mente, para que obedezcamos sus instrucciones (Jos 1.8; Pr 8.33).


Al esforzarnos por vivir para Cristo, adquirimos sabiduría cuando profundizamos en la Biblia, hacemos lo que ella dice y observamos el resultado, incluso cuando las consecuencias parezcan menos favorables. No se requieren clases especiales; Dios solo quiere un corazón obediente y un espíritu dispuesto

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