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Jesucristo: El siervo del Padre





Mateo 20.20-28


20 Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo.

21 El le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda.

22 Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le dijeron: Podemos.

23 El les dijo: A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre.

24 Cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos hermanos.

25 Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad.

26 Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor,

27 y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo;

28 como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.



A los creyentes nos gusta hablar de Cristo como Señor,  Maestro y Salvador, pero rara vez nos referimos a Él como Siervo. Sin embargo, al describir su propia misión, Cristo dijo: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20.28). Él vino al mundo para cumplir el propósito del Padre y saciar la necesidad de la humanidad.


Debido a que todo ser humano nace esclavizado al pecado, Cristo vino a liberarnos. Cambió su gloria por la encarnación, porque solo como humano podía morir en nuestro lugar para pagar la pena por nuestro pecado. El servicio más grande que ofreció fue su sacrificio en la cruz. Permitió que su pureza fuera violada por nuestras transgresiones. De hecho, Dios hizo que Jesucristo, quien “no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co 5.21).


Nuestro inmaculado Salvador sintió de manera repentina y dolorosa la carga de la culpa, la vileza del pecado, el peso de un alma manchada, y una miserable separación de su Padre. Sufrió la injusticia de morir por nuestros pecados, para que la santidad de Dios y nuestra imperfección pudieran ser reconciliadas, y nos pudiera demostrar misericordia.


Cristo fue el siervo del Padre; aceptó un plan de expiación que lo convirtió en un sacrificio. Y Él es, también, su siervo. Soportó con humildad el castigo que usted merecía. Para recibir el beneficio de su sacrificio, solo necesita creer e invocarle para el perdón de sus pecados. Cuando usted lo reciba, conocerá, también al Siervo, Jesucristo, como Salvador y Señor.

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