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Jesús el mejor regalo


Filipenses 2:5-11 Reina-Valera 1960 (RVR1960)

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,

el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,

sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;

y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre,

10 para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra;

11 y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.


El tiempo de Navidad ofrece una maravillosa oportunidad para mostrar amor y aprecio por los demás dando regalos. Dios Padre sentó el precedente al dar a su Hijo al mundo, pero no debemos olvidar que Jesucristo mismo se caracterizó por dar con abnegación. La generosidad no se mide tanto por nuestro regalo, como por el sacrificio que se requiere para darlo. Entonces, ¿a qué renunció Dios-Hijo cuando vino al mundo como un pequeño bebé?


El Señor Jesús se entregó como siervo. Sabemos que fue el siervo de Dios porque hizo y dijo solo lo que su Padre le ordenó. Pero no se detuvo allí. El Creador y Gobernante del cielo y de la Tierra también se convirtió en siervo de la humanidad pecadora. Sanó a los enfermos, alimentó a los hambrientos y enseñó a las multitudes. Pero su humildad no terminó allí.


El Señor Jesús se entregó como sacrificio. Se humilló para morir en una cruz, al llevar la ira y el juicio del Padre por nuestros pecados. Aunque era santo y puro, se entregó para ser maltratado, torturado, escarnecido y ejecutado por hombres pecadores.


El Señor Jesús se entregó como Salvador. Ahora todos los que creen en Él pueden ser perdonados, reconciliados con Dios y salvados de la pena del castigo eterno en el infierno. Pero eso no es todo. Él también nos da vida eterna y la promesa de una herencia en el cielo.

No tenemos la capacidad de imaginar lo que fue dejar las glorias del cielo para venir al mundo como ser humano. Todo lo que podemos hacer es agradecer a Cristo por el regalo indescriptible de su ser.

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