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Gracia en medio del dolor


Juan 20.11-19


11 Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro;

12 y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto.

13 Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.

14 Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús.

15 Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.

16 Jesús le dijo: !!María! Volviéndose ella, le dijo: !!Raboni! (que quiere decir, Maestro).

17 Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.

18 Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.

19 Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros.


El famoso himno “Cuán Firme Cimiento” describe el propósito de Dios para nuestras pruebas: “Pues siempre contigo en angustias seré, y todas tus penas podré reducir”. El dolor y las dificultades que sufrimos no son para destruirnos, sino para refinarnos y moldearnos a la imagen de Cristo. Solo Dios sabe cómo reemplazar las cenizas por una corona, y el luto por el aceite de alegría (Is 61.3).


Esto es lo que descubrió María Magdalena en la mañana de la Resurrección de Cristo. Fue a la tumba del huerto, abrumada por el dolor. La oscuridad de la desesperación la estaba consumiendo, cuando se dio la vuelta y vio al Salvador. Después de que Él pronunciara su nombre, ella reconoció de inmediato al Señor y se aferró a Él, temiendo que pudiera serle arrebatado en ese momento.


Pero el Señor le aseguró que todavía no había ascendido a su Padre. Aunque llegaría el día en que se apartaría físicamente de ella y de todos sus seguidores, en realidad nada podría separarlos. Gracias a que Él había pagado el castigo de sus pecados con su muerte, su Espíritu pronto moraría en ellos. Y un día vendría a llevarlos de regreso a la casa de su Padre para estar con Él para siempre (Jn 14.3).


Todos podemos entender el sentimiento de desesperanza. Las esperanzas frustradas, incluso las pequeñas, pueden llevar al sufrimiento. Pero cuando las expectativas son altas o la pérdida personal está en juego, nuestra esperanza puede ser sepultada si se produce un desastre. En ese momento es importante recordar que cuando tenemos a Cristo, el llanto puede durar toda la noche, pero en la mañana vendrá la alegría (Sal 30.5).

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