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El Señor consuela a los pecadores

1 Y Jesús se fue al monte de los Olivos.
2 Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba.
3 Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio,
4 le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio.
5 Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?
6 Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.
7 Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.
8 E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.
9 Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.
10 Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?
11 Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.
Esperamos que un Padre celestial amoroso cuide de sus hijos cuando son lastimados, perseguidos o incomprendidos. Pero usted podría sorprenderse al darse cuenta de que Dios consuela a los creyentes, aun cuando hayan pecado.
Cristo no vino para condenar al mundo, sino para salvar a cualquiera que crea en Él (Jn 3.17). Considere la reacción de Cristo ante la mujer que los fariseos sorprendieron cometiendo adulterio. Trajeron su proceder a la atención del Señor para apedrearla. Pero en vez de tomar una piedra, Jesucristo le ofreció su perdón. El Señor no defendió sus acciones ni borró las consecuencias de sus decisiones. Sin embargo, le mostró compasión y la oportunidad para cambiar su vida y vivir en el perdón que le dio: “Vete; desde ahora no peques más” (Jn 8.11).
El Señor comprende nuestra fragilidad humana. Y aún antes de que hagamos algo malo, conoce la cosecha venenosa que recogeremos del pecado. Desde luego que queremos recibir mucho consuelo cuando sufrimos por nuestra insensatez; por eso el Padre celestial no nos abandona en momentos de necesidad, sino que se sumerge en el lío que hemos hecho por medio del Espíritu Santo, mientras nos ofrece sacarnos del hoyo y calmar nuestro corazón quebrantado asegurándonos que no nos dejará.
Pecar contra el Señor nos hace sentir indignos de su cuidado y consuelo. Sin embargo, el perdón de Dios se basa en su gran misericordia, no en nuestro comportamiento. Si Jesucristo sacrificó su vida para salvarnos de nuestros pecados, entonces nos amará y consolará, sin importar lo que pase.