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El amoroso deseo de Dios



Efesios 2.1-10


1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados,

en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia,

entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó,

aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos),

y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús,

para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;

no por obras, para que nadie se gloríe.

10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.


Ya sea que nos demos cuenta o no, nuestros pensamientos se centran en lo que queremos, pero ¿ha considerado usted alguna vez lo que Dios desea? ¿Por qué nos creó y cuál es su voluntad para nosotros? La respuesta se encuentra en 2 Pedro 3.9: “El Señor... es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”. ¿Por qué?


Porque nos ama (Ef 2.4). Su amor no se basa en ninguno de nuestros méritos sino en su naturaleza. Como dice 1 Juan 4.16: “Dios es amor”, y sus atributos nunca cambian.


Por su gracia (Ef 2.5). No podemos hacer nada para ganar la salvación, porque esta se obtiene solo a través de la gracia de Dios. Y a lo largo de nuestro tiempo en este mundo y en la eternidad, las vidas de los hijos de Dios deben mostrar evidencia de su gracia (Ef 2.7).


Para su gloria (Ef 1.5, 6). La gloria de Dios se demuestra al salvar a los pecadores y convertirlos en santos. Entonces, al vivir en obediencia ante Él, otros verán nuestras buenas obras y glorificarán al Dios que nos transformó.


A veces somos miopes, y pensamos que somos el centro de la salvación, pero en realidad se trata de nuestro asombroso Dios, que envió a su Hijo para salvarnos del pecado, la muerte y el castigo eterno. Cristo murió y sufrió el castigo que merecíamos, y nos ofrece el perdón y la reconciliación con el Padre celestial. Lo único que tenemos que hacer es creer y recibir el pago de Cristo por nuestros pecados. ¡Qué Dios tan misericordioso tenemos, que quiere que estemos con Él para siempre para poder seguir derramando su bondad sobre nosotros!

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