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El amor inalterable de Dios



Romanos 8.31-39


31 ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

32 El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?

33 ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.

34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.

35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?

36 Como está escrito:

Por causa de ti somos muertos todo el tiempo;

Somos contados como ovejas de matadero.

37 Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.

38 Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,

39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.


El amor ilimitado e inalterable de Dios es difícil de comprender para el hombre. No obstante, la Biblia enseña con claridad que el amor divino es seguro, eterno e incondicional, pues no depende  de nuestra dignidad o buen comportamiento. Si somos creyentes nacidos de nuevo, nada puede disminuir el amor del Padre por nosotros. Sin embargo, dado que luchamos por envolver nuestras mentes en torno a esta verdad, Él a veces aumenta nuestra percepción usando ejemplos terrenales.


Durante muchos años, tuve un perro schnauzer alemán llamado Rommel. Todas las tardes, mientras conducía mi automóvil por la entrada del garaje, Rommel corría a saludarme. Muchas veces parecía estar parado al frente de la casa como diciendo: “Bienvenido a casa. ¡Todo está bajo control!”


Ahora bien, a veces tenía que corregir o disciplinar a Rommel por algo que había hecho, o por algún accidente ocasional en la casa. Pero no importaba lo que yo hiciera, si era una reprimenda o una falta de atención de vez en cuando, él nunca parecía amarme menos. Rommel siempre estaba feliz de verme y anhelaba mi compañía.


Un día, mientras jugaba con él, el Señor me enseñó una lección. Miré a mi fiel perro y le dije: “Rommel, no importa lo que haga, tú siempre me amas. Me gustaría ser esa clase de amigo”.  Si un perro puede ejemplificar esta sencilla verdad, nosotros no debemos aspirar a nada menos.


Pero esta comprensión también me enseñó que Cristo nunca cambia, y su amor nunca se da por vencido. No importa lo que haga o cómo le falle, Él es el mismo ayer, hoy y mañana.

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