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Cómo perdonarnos a nosotros mismos


Salmo 103.10-14

10 No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, Ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.

11 Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, Engrandeció su misericordia sobre los que le temen.

12 Cuanto está lejos el oriente del occidente, Hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.

13 Como el padre se compadece de los hijos, Se compadece Jehová de los que le temen.

14 Porque él conoce nuestra condición; Se acuerda de que somos polvo.


¿Alguna vez ha venido al Señor en arrepentimiento, confesando su pecado, y aun así ha seguido sintiéndose culpable? A veces, el problema es que no podemos perdonarnos a nosotros mismos. Por lo tanto, entramos en un estilo de autocastigo, repitiendo una y otra vez el pecado hasta que nos sentimos indignos no solo del perdón, sino también de las bendiciones, de las respuestas a la oración y del amor del Padre. Al final, creamos una prisión de culpabilidad porque nuestro pecado parece imperdonable.


Pero ¿qué nos dice este comportamiento acerca de nuestra fe en Dios y nuestra autoestima? Según la Biblia, nuestro Padre concede el perdón basándose en el pago de la deuda de pecado por parte de su Hijo, y ha quitado nuestra transgresión “como está de lejos el oriente del occidente” (Sal 103.12 LBLA). ¿Es nuestra negativa a perdonarnos a nosotros mismos una manera de decir que consideramos insuficiente el sacrificio de Cristo?


Dos hombres en las Sagradas Escrituras nos enseñan acerca de la importancia de aceptar el perdón de Dios. Uno es el apóstol Pedro, que negó conocer a Cristo, y el otro es el apóstol Pablo, que persiguió a los cristianos. La Biblia no dice que se hayan negado a perdonarse a sí mismos. Aunque sus pecados fueron grandes y ambos hombres lamentaron sus acciones, recibieron el perdón de Dios y vivieron luego en la libertad de su gracia.


Para ser libres de un espíritu no perdonador, debemos comprender que ese espíritu es resultado del egocentrismo. En vez de creer en la verdad del perdón de Dios, hemos estado confiando en nuestros propios sentimientos. Es hora de humillarnos y confiar en Dios, no en nuestros sentimientos.

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